La fábula financiera de la lata de sardinas

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wpid-photo-20022012-1003-pm Se dice que un inversor compró a otro una lata de sardinas. Una lata de sardinas brillante y lustrosa como pocas. Su color plateado, sus aristas pulidas y su envoltorio lleno de colores llamaba la atención de cuantos la habían visto. Una lata de libro, de exposición, de antología. La lata.

Su dueño no paraba de presumir y de enseñársela a los amigos en fiestas y saraos. Se la ofreció, finalmente, a uno de ellos, precisamente el que miraba con ojos más golosos ese lustroso pedazo de metal. “Mira, es la mejor lata de sardinas que existe; es fuerte y a la vez bella, pero necesito liquidez; por ser quien eres te la puedo vender en seis euros, un precio de amigo, ya que a mi me costó tres euros, quinientas pesetillas o cien duros de los de antes, no hace mucho”.

Una lata maravillosa

El vendedor había alabado con tal insistencia la calidad del metal, la utilidad de la anilla de apertura, el colorido de su envoltura y la belleza de sus curvas que el comprador no tenía ninguna duda de encontrase ante un prodigio y ante una oportunidad única. De hecho, el vendedor aseguró al comprador que se deshacía de la lata de sardinas muy a su pesar, y sólo porque necesitaba urgentemente dinero.

En otro caso, ¿quién iba a desprenderse de tal maravilla? El vendedor, además, se mostró convencido de que –en caso de necesidad– no sería difícil vender la lata por una cantidad muy superior. El comprador pagó los seis euros y partió raudo y veloz a enseñársela a sus vecinos. “Es una lata maravillosa; yo he pagado seis euros por ella, pero cualquiera puede venderla sin problemas por el doble o incluso el triple de esta cantidad”. Dicho esto le endosó la lata al primero que sacó del bolsillo doce euros.

Fibre compradora

Este comprador, a su vez, consiguió venderla por 15 euros. El precio subió luego a 18 euros. No mucho más tarde y empujada por la fama que había conseguido la lata, llegaron a pagarse 30 euros y hubo quien ofreció seriamente sesenta cegado por la euforia y la fiebre compradora. Pero ya se sabe que las cadenas se rompen por el más débil de sus eslabones.

Este buen ciudadano, tras pagar sesenta euros como sesenta soles por la lata de sardinas, la llevó a su casa, reunió a la familia en torno a la mesa con todo boato y depositó con cuidado la lata en el lugar mejor iluminado de la sala. Y abrieron la lata para descubrir que, efectivamente, sólo contenía sardinas, pececitos plateados sin cabeza (tres, para ser más exactos) que habían pagado a precio de oro. El incauto comprador buscó al último vendedor y le exigió una explicación. La obtuvo. “La lata que compraste era para venderla, no para abrirla”.

Moraleja

En el mercado bursátil, el valor del subyacente del activo no se toma en consideración. Buena parte de los activos financieros se han hecho únicamente para la compra-venta; con la única utilidad de ganar llevarse una plusvalía y sin tener en cuenta lo que hay detrás. Como hemos comentado en otros posts, esto es una gran amenaza para el sistema financiero, y ha propiciado crisis como la referente a las subprime. Donde en las transacciones sólo tenían en cuenta las etiquetas que iban poniendo las Agenicas de calificación al título -que maquillaban toda suerte de riesgo-. En esos años, como también en la actualidad, existe un exceso de estas latas de sardinas.

Autor: Nicolás Sarabia

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